Te levantas, comes, te diviertes, amas, trabajas y te acuestas. Todo en el mismo espacio, todo en el mismo espacio durante más de 60 días. Te has preocupas por hacer bien las cosas, por no salir, no exponerte, no ser de los que cooperan para mal a la proliferación. Ya son tres meses, tres meses de encierro, de cuidados, de desinfección, de miedo, ansiedad y de trabajo sin horarios, de amigos y familia sin abrazos, de amor de lejos, de extrañar, de no saber cuándo será posible abrazarlos, cuándo será posible visitar tu ciudad. Y si acaso es posible, cuántos van a estar para verte, cuántos quedarán. No me puedo quejar, tengo trabajo, no me puedo quejar, hay comida. No me puedo quejar, hay luz, agua, internet, paquetes que llaman a mi puerta porque yo no puedo ir a ellos. Cuando el tiempo se dividía en espacios, personas y rutinas, el día parecía más lúcido, más optimista, más cambiante, dispuesto a cambiar con pequeños gestos. Caminar, cruzar el puente, regresar a casa, i...