Una ley de Daniela es que, si hay niños que van a viajar en el avión o en el autobús, ellos estarán cerca de mí, enfrente, atrás, a un lado o al otro. Confieso que por mucho tiempo permití que esto me amargara el viaje, a la rutina inmóvil de ir sentada ahí, a la espera de la llegada y los niños llorando, gritando o empujando. Sí, lo hice, me amargué kilómetro tras kilómetro recorrido, lo confieso y lo acepto. No sé si, a) maduré , si b) alcancé la paz espiritual , si c) me volví feliz o d) todas las anteriores , pero el caso es que este fin de semana que abordé un avión, ocurrió lo mismo, había dos niños ruidosos frente a mí, pero el cambio radicó en que morí de risa y más risa me daba ver a mis compañeros de asiento tensos, inquietos. En sus rostros se reflejaba todas las ganas de gritar que se aguantaban, movimientos impacientes de piernas que se acentuaba a medida que subían los decibeles de las expresiones infantiles del tal Mateo . Reía un poco de la amargura de mi...